Relato Erótico: La lección de anatomía

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25/02/2021

El tipo era joven, guapo, atlético, considerado y bondadoso. Llevaba dos meses de casado cuando su mujer, una gata feroz y sexual, mientras le servía una taza de café en la cama, le dijo algo que cambió sus vidas

-Amor, tienes que aprender.
-¿Qué quieres decir, cariño?
-Hablo del sexo. Tienes que aprender.
-Quiero hacerlo contigo. Sé que no tengo experiencia, que me casé casi virgen y que... En fin, te lo confesé y recuerdo muy bien que te emocionó saberlo.
-Lo sé, pero yo no deseo ser tu primera instructora. Tienes que aprender el abecedario sexual para luego poder inventar conmigo, para sorprenderme, para que cada polvo sea un hecho histórico. ¿Comprendes?

Naturalmente que lo comprendía. Era voluntarioso, pero no había sido nunca una persona especialmente creativa, aunque reconocía que le faltaba algo y sabía que deseaba cambiar.

-Está bien, es razonable, lo reconozco. Lo haré por ti, amor mío.
-Por mí no, por los dos, amor, por los dos —dijo ella, entregándole un trozo de papel-. Llama a este número. ¿De acuerdo?
-¿Qué es?
-Tú llama y lo descubrirás. ¿Me lo prometes?
-Te lo prometo.

Y lo hizo.

Dos días más tarde subía por un ascensor de un estupendo edificio de la zona alta de la ciudad hasta un dúplex magníficamente decorado. Una hermosa asistenta tailandesa, vestida de Armani, cogió su gabardina y le sirvió una copa mientras le pedía que aguardara un instante. Bebió el licor observando los detalles de aquel salón deslumbrante. Sintió la emoción de ver, uno a uno, los magníficos cuadros originales que cubrían las paredes, las cerámicas de diseño perfecto, el mobiliario de estilo.
Llamó su atención, de un modo casi sensual, una reproducción, quizá la única en aquel despliegue de maravillas originales, del famoso cuadro de Rembrandt “La lección de anatomía”.
Siempre había pensado que a aquella obra maestra le fallaba perspectiva, claro que jamás había compartido esa sensación con nadie. Era un cuadro, así lo había pensado no sin poco respeto, algo gore, aunque en ese momento, de pie ante él, solo pensó en su nombre.

“La lección de anatomía”.

En cuanto acabó la copa y la depositó sobre una mesilla de cristal sostenida por una pareja de mármol en plena sodomía, apareció la mujer.

—Hola, mi nombre es Faruka.

Tenía la piel aceitunada, los cabellos largos y renegridos, unos ojos enormes y oscuros y un cuerpo de caderas generosas, nalgas prietas y protuberantes, piernas largas y perfectas, pechos endemoniadamente provocativos y pezones enervados.

Todo esto lo incorporó en unos segundos porque la diosa era tan excitante y sensual que resultaba arrebatadora. Estaba desnuda.

Cayó de rodillas ante él exhibiendo sus pechos henchidos, los pezones duros y la boca húmeda.

-Haré lo que tú digas, cariño -dijo la deliciosa criatura-, solo que iré guiándote por el camino… ¿de acuerdo?

¿Qué podía decirle? Asintió. Y en ese preciso momento recordó a su hermosa mujer y su mandato: “tienes que aprender, amor”.

Ella se puso en pie y lo desnudó con una sensualidad tan apabullante que cuando estuvo completamente desvestido su verga era ya un cilindro de carne acerada. Sonrió ante la visión de aquel tronco palpitante, lo cogió entre las manos, se agachó y durante un largo minuto lo lamió, chupó, succionó, masturbo, escupió y volvió a lamerlo.

-Si sigo así no podremos continuar con la lección… -dijo, turbadora, abandonando el falo.

El deseaba que aquella boca continuara allí hasta hacerlo explosionar y, no obstante, comprendió que no era ese su cometido. Al menos por el momento.

Lo guió entonces hasta una habitación espaciosa que él imaginó como un burdel de principio del siglo XX en aquel París habitado por los mayores genios de la pintura y las letras. Y, también, asiduos clientes de los más espectaculares lupanares. “Bien por ellos”, se dijo mientras se dejaba llevar de la mano como un infante el primer día de clase.

No obstante, aquel dormitorio no tenía nada que ver con su suposición. Parecía salido de uno de los cuentos de Las Mil y Una Noches. La musa desnuda activó un mando a distancia y en la pared comenzaron a proyectarse escenas sexuales de todo tipo en una sucesión que parecía infinita. Sintió un estremecimiento de pudor que sólo duró una centésima de segundo. El hombre ingenuo e inexperto que lo habitaba desapareció de inmediato.

Faruka lo acostó sobre la gran cama, se echó a su lado y con una voz susurrante fue indicándole suavemente lo que tenía que hacer.

-Lámeme los labios y roza mis pezones con las palmas de las manos. Mete tu pierna entre mis muslos y siente la humedad de mi sexo en tu rodilla. Deja que tu verga acaricie mi carne y escucha en tu cuerpo mi propio deseo.

La muchacha morena comenzó a gemir y él estuvo a punto de tener un orgasmo. Solo lo detuvo lo impredecible de todo aquel episodio que estaba viviendo como un sonámbulo. Ella se agitaba con sus caricias y comprendió que era él quien provocaba aquella reacción estimulante, siguiendo las instrucciones de la bella como si su piel de aceituna fuese el planisferio de todos los goces.

Comprendió que había accedido a un plano de su deseo, de su pasión, que lo enajenaba y que, a la vez, le permitía conservar el control para escuchar las indicaciones de la hembra estremecida.

Estaba desaprendiéndose para volver a aprenderse. Eso se dijo mientras conservó una cierta percepción de la escena como si la viera desde lo alto. Luego aceptó el juego y dejó de verla como si no fuera él para convertirse en el protagonista absoluto de sus sensaciones.

-Arrodíllate trazando una línea con tu lengua... primero el cuello, así... ahora los pechos… Succiona ligeramente mis pezones… Ensaliva dos dedos y llévalos hasta mi sexo… Eso es, ahora, mientras me lames, frota ligeramente el clítoris… No, antes estira hacia arriba los labios para liberar el clítoris… Lo sientes endurecido, acarícialo como si desearas dibujar figuras diferentes sobre su lomo sensible, eso eso… De tanto en tanto repite la misma caricia cambiando el ritmo… Así, muy bien, eso es, me encanta…

Al principio Faruka llevó la mano de él con la suya hasta el carozo encendido y le controló el masaje y sus ritmos durante un tiempo que a él se le hizo interminable aunque disfrutaba cada segundo siguiendo los espasmos de calentura de la muchacha. Luego dejó que su mano actuara por su cuenta y entonces mezcló el safari sobre el clítoris con ligeras caricias en el portal de la vagina, recorriendo la raja de norte a sur y nuevamente al norte, al botón encrespado para, finalmente, entrar en la vagina y diseñar una masturbación que ella, inicialmente, no tuvo necesidad de corregirle.

-Reconoce las respuestas de mi carne. Tócame muy despacio la espalda, las nalgas... Así, eso... eso... Y ahora pasa con delicadeza un dedo por la raja de mi culo y avanza un poco más, así... más lentamente, más dulcemente, y comprueba la humedad de mi coño... No dejes de masturbarme, por favor… Hazlo todo, busca el modo de sentir que la combinación de caricias es algo natural, nada forzado, es esencial que sientas que sabes lo que haces y que te hace feliz…

Él se debatía entre su furiosa erección, la voz estremecedora de Faruka, las imágenes que veía sobre la pared y las sensaciones de aquel cuerpo perfecto y caliente, muy caliente.

Percibió el estremecimiento de su vientre y adivinó la tormenta que creaba en su interior cuando hundió nuevamente dos dedos en la vagina y rascó con suavidad la pared interna, justo, supuso, detrás del clítoris...

-Puedo sentirlo... -musitó la ninfa de la carne magnífica bajo sus manos, sus labios, su lengua, las yemas de todos sus dedos...

Su cuerpo entero se convirtió en una antorcha.

- Sí, es maravilloso... -farfulló-. Ahora cógeme los pezones entre los dientes, con mucha suavidad, y tira levemente de ellos, con amor, siempre con amor... Me encanta... ¿Sientes cómo crece mi orgasmo? Tócame el vientre. Ahora lame mis pezones y recorre lentamente la raja de mi culo… Eso es… Sigue, sigue…

Él obedecía como si estuviera en un trance. La voz, cargada de excitación y lujuria prosiguió como un mantra.

-Embadurna tus dedos en mis jugos, amor… Eso es. Y ahora lleva un dedo hasta mi ano, con suavidad, juega con él, recorre el cráter estrecho y prieto haciendo pequeños círculos alrededor de su corona y lanza suaves estocadas… Eso es, como si quisieras penetrarme, pero sin hacerlo, no todavía…

El estudiante era solícito y la mujer se estremecía, quizá excitada todavía más por sus propias palabras y la respuesta del hombre que la lamía, la tocaba, la acariciaba, la masturbaba… Todo a cuenta de su propio placer pero sabiendo que el tipo, el cliente, el educando… gozaba como un salvaje.

-No tienes que forzar el esfínter... Eso es, tu dedo está caliente, me encanta... Ahora déjame y tiéndete entre mis piernas. Oblígame a separarlas. Mete la cabeza entre mis muslos, lámeme la vulva y sepárame las nalgas... Así, muy bien, más despacio, con suavidad, tenemos todo el tiempo del mundo... Hay que tomarse todo el tiempo del mundo, amor... Eso es, juega entre mis nalgas y ahora sí, hunde el dedo en mi ano... Huyyy, sí, tienes un dedo muy grande... Déjalo quieto un instante, así...

- Lame mis muslos. El interior de mis muslos, lentamente, jugando, como si no tuvieras en cuenta mi sexo... Sí, así, eso es... Bien... Oh, es maravilloso... Continúa así, sí, así, es todo lo que deseo...

Mientras acariciaba sus piernas tibias, lamía los muslos, el vientre, los lados de la vulva, evitando lo que ella más ansiaba, se sintió poderoso. Ella se estremecía y había dejado de darle indicaciones. Disfrutaba de sus trucos recién aprendidos. De pronto se lanzó, y siguiendo su propia vocación, le sorbió el clítoris, lo mordisqueó y lamió y chupó, le metió los dedos y durante algunos segundos ella le permitió que jugara por su cuenta para evaluar su iniciativa, su creatividad…

Estaba encendido como nunca antes. Se dijo que ansiaba que Faruka cogiera su miembro otra vez, que lo engullera, que lo masturbara, que lo hiciera estallar...

-Sé lo que estás pensando y es un error -advirtió ella-. Hay tiempo, mucho tiempo y ahora es el momento, amor. Entra en mí…

Sufrió un espasmo cuando el glande se abrió paso entre los labios perfumados de la vulva, ensalivados por su boca, y comenzó a explorar vagina adentro, milímetro a milímetro. Reconoció en el tronco que desaparecía hundiéndose en el cuerpo de Faruka unas ligeras presiones circulares, como si una sucesión de labios interiores se ocuparan de su verga sumergida.

-Sigue tu propio ritmo, pero presta atención a mi manera de moverme, a mi juego de caderas, a las directrices de mis muslos, de mis pechos, de mis rodillas, de mis tobillos... Soy una esclava sexual, pero tienes que satisfacerme, comprender mis apetitos y darme el alimento que busco.

Aumentó sus movimientos mientras pegaba su pecho los pezones endurecidos y movía el torso para que los pechos que aplastaba se moldearan bajo la vellosidad de sus pectorales.

Ella le dijo que entrara y saliera, que detuviera la penetración con el glande apenas rozándole el portal de la vagina y que así, acariciándola con el rabo suavemente, la sorprendiera con estocadas profundas y rabiosas para volver a salir y repetir la secuencia.

Le indicó cómo moverse, de qué modo combinar la boca, las manos, la verga, para convertirse en un mago del sexo, en un compilador de rituales volcánicos que ella reconocía en su propia carne convulsa, gimiendo, suspirando, la voz enronquecida cuando su acción le procuraba un placer repentino y total.

Sintió que iba a correrse y ella le sujetó los testículos y los apretó con una eficacia sabia y cautelosa que le detuvo el orgasmo.

-Sal de mí, dame la vuelta y busca mi ano -dijo ella con la voz tomada por una ronquera que le hizo olvidar las imágenes de sodomía y felaciones que se sucedían en la pared.

La miró allí, debajo suyo, dividida por su verga más dura que nunca y le abrió las nalgas y descubrió el ojete abrillantado de fluidos. Se inclinó para lamerlo. Hundió la lengua una y otra vez en aquel estrecho ojo ciego y de poderosa visión... Dejó que la saliva lo anegara. Y entonces, con la misma lentitud con la que había entrado apenas con la punta de un dedo, frotó el glande allí, a lo largo de la fisura entre los glúteos y buscando sin prisas el momento adecuado, encontró el hueco entró en su recto.

Sus manos aferraron los pechos, se inclinó sobre ella, un perro sobre una perra, y la cabalgó durante mucho tiempo, o lo que él creyó que era mucho tiempo dada la imperiosa convulsión del orgasmo que aparecía y desaparecía ahuyentado por aquella presión de Faruka en sus testículos.

Ella se movía y apenas si le explicaba lo que debía hacer. Parecía completamente entregada a su propia satisfacción. El, sin embargo, sabía que el goce, genuino, formaba parte del protocolo global.

Era delicioso y cruel, y terriblemente excitante.

-Aprende a controlarte. Deja de pensar en tu placer y piensa sólo en el mío. Subordínalo a mis estremecimientos. Cuida de mi orgasmo como si fuera una criatura viva, aliméntalo, acarícialo, vigila su comportamiento en mis contorsiones...

Sin embargo, la voz de su instructora había perdido solidez, como si estuviera atrapada en un alud que ya no podía postergar. Arremetió con fiereza en un mete y saca anal que ella recibió alzando la grupa para favorecer la sucesión de estocadas. Le buscó la vagina con una mano, metió allí sus dedos y entró y salió, y le frotó el clítoris sin dejar aquella sodomía infernal.

Faruka, en medio de un gemido sin pausas, giró la cabeza y le ofreció una mirada de triunfo, los ojos llenos de lágrimas, la boca de labios carnosos entreabierta y oferente. Apretó sus labios contra los de ella, le metió la lengua en la boca y diseñaron un beso profundo, íntimo, como dos cómplices que han llegado juntos al momento decisivo.

-Ahora, amor… -murmuró Faruka.

Y estalló, se corrió con la mente en blanco, convertido todo él en su propio orgasmo que se trenzaba con el grito de ella y su propio estallido mientras continuaban moviéndose, ahora más lentamente, hasta que por fin, cayó sobre el cuerpo sudoroso de la bellísima hechicera.

Ella se giró y él la abrazó metiendo una pierna entre los muslos mojados y dejando que su respiración se normalizara.

Luego Faruka se encargó de lavarlo dentro de una bañera en forma de laúd. Su pene continuaba erecto y ella lo lamió divertida durante unos breves segundos.

Lo envolvió en un albornoz de toalla color salmón y lo secó como si diseñara una nueva ceremonia erótica. Él cerró los ojos, completamente entregado a aquella mezcla de deseo naciente y pasión satisfecha.

- Me gustas, eres un amante muy listo. Ahora vístete, amor -dijo ella, besándolo con suavidad en los labios.

Se vistió sin prisas, mirando a aquella amante increíble y pensando en su mujer. En el regalo que su incomparable mujer le había hecho. En el amor que implicaba haberlo guiado hacia aquella exploración pedagógica. Deseaba llegar a casa con aquella erección indeclinable para darle lo que ella siempre había ansiado y que ahora, por fin, había aprendido. Sabía cómo conquistarle los orgasmos, todos los orgasmos que aguardaban impacientes.

Faruka lo despidió desnuda, oliendo a jazmines, en la puerta del dormitorio. La mucama lo acompañó hasta el ascensor. Cuando llegó a la planta baja respiró el aire del anochecer como si fuera un hombre nuevo.

Entró en su casa y allí estaba su mujer, aguardando, hermosa e impaciente, para disfrutar de su lección de anatomía.